una cosa viva

diciembre 14, 2009

Si cierro los ojos puedo escuchar cómo es que agazapa la hoja, respira y crece. Así el arbusto, así la pequeña planta del interior, así el jardín entero, así el bosque.

Cada mañana me planto frente al mercado que ya colocó sus árboles navideños (son como ochenta, de distintas formas y tamaños, distintos tonos de verde)  los toco y siento la humedad de un lugar lejos de aquí, un lugar donde fueron arrancados para no volver a ver su especie; sus hojas espinosas no crecerán más, son árboles heridos de tajo pero verdes aún, resistiendo con la savia en la boca un mes más, a lo mucho seis semanas más, salpicando al que pasa con su olor de antes, su humedad de antes.

Este pedazo de bosque es una cosa viva. Adormecida, dispuesta a soportar la vejación de su corona y sus gritos centelleantes de luces alrededor. Una cosa que si nos acercamos y cerramos los ojos podemos escuchar cómo va latiendo cada vez menos, acertivamente, despidiendo su vida breve, su aire de lejanía entero. El tiempo se detiene en las ramas perezoso, haciéndose el loco; la muerte juguetea un poco; los compradores comparan, tocan, se conmueven pero terminan llevando uno a casa, a ponerlo al centro, para recordar, mirando esta cosa viva, que la vida es frágil y se desmorona.

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