triangulación
Nos piden que haya calma. Que estemos tranquilos. Porque Dios sabe más. Los caminos ya están armados en su propia incertidumbre. Hay quienes no tocan al otro por temor a Dios. No toleran el sexo. La humedad de los cuerpos es mal vista. Hay quienes aceptan todo lo que se les ofrece: como debe de ser. Hay quienes aman el molde. Quienes justifican crecer sólo en los límites de su moldura. Los casados torturan a los solteros para ampliar el gremio de las conversaciones de problemas de parejas. Nadie toca la piel herida. Vivir tranquilos es la premisa, creer. Y en toda la ficción amorosa hay una construcción de triángulos: están los amores del pasado, los que ya no podrán ser porque la monogamia es intolerante. Los nunca amores perfectos, sensuales, recocijados. Un tercero está en todas partes. Dice el salmo que Dios llega donde hay dos o tres, como si se anexara a la reunión… Al fondo de todo (en un refractario bajo la capa dorada del pastel están las costras quemadas) el tercero es el inoportuno y milagroso. Nos hace pensar y si… Se tiene tanto miedo a estar solo que aceptamos las migajas de cualquier cosa. Se tiene tanto miedo de abrirse de brazos y piernas que aceptamos cualquier cosa. Se tiene tanto miedo de vivir que aceptamos y confiamos y defendemos que el modo en que vivimos está bien. No tocar los bordes de nada, ni siquiera en las conversaciones con amigos. Evitar la intensidad a cualquier costa. La pasión se gasta en hablar del futbol nacional. La pasión también se confude porque no tiene a donde ir. Por eso se cuela entre bares bajo las piernas por si algo pasa, por si algo por fin pasa que venga a curar la apatía que llaman normalidad.