en el zapato

Octubre 12, 2009 Brenda Rios 1 Comentario

Se había convertido en la piedrita en el zapato. Empezó como empieza cada historia, con premeditación y suavidad. Sin saber cómo se volvió algo en verdad fundamental, algo que podríamos llamar imprescindible. No es que se llamaran a diario, no es que los dos pensaran todo el tiempo en el otro, pero, poco a poco, fueron sintiendo que las cosas triviales que vivían podían ser compartidas, los detalles diarios de la vida que suelen pasar desapercibidos a menos que tengamos en mente recordarlas para contarlas a alguien, a ese alguien. Se quedaban de ver en metro Balderas a las cuatro de la tarde o en el paradero de General Anaya y paseaban. Hablaban. Compartían helados, comidas corridas, paseos en Chapultepec. Una mañana soleada se habían covertido en la piedrita que no podían seguir ignorando. Había llegado el momento de definir la relación. Se prepararon, era uno de esos días que la ansiedad suda manos, escurre el pelo y todo el país tiene un sol con pocas probabilidades de lluvia; se miraron, sonrieron porque sabían qué seguía. Y quizá, precisamente por ello, nunca tocaron el tema.

rodar y rodar

Octubre 12, 2009 Ernesto Priego 1 Comentario

turu-tuturu
turu-tuturu-rú
turu-rú

-Alex Lora

Le decían la piedra porque era un tipo duro. El apodo se lo puso su mismo padre porque nunca nadie lo había visto llorar. Pocos sabían eso, pues tenía pocos amigos; la malas lenguas repetían que le decían así por la dureza de sus músculos, esculpidos diariamente durante años en el gimnasio local. Nunca acabó la prepa y siempre se peinó de la misma forma, el cabello engominado hacia atrás, brillante y negro como llanta nueva. Un día dicen los del barrio (el peluquero, el de las flores, la de la lavandería) que la piedra conoció a una muchacha de la cual se enamoró y que a la larga le rompió irremediablemente el corazón. Tras una árida y silenciosa jornada en la cantina intentó ahogarse en el río pero no lo consiguió; las lluvias habían escaseado y el río le llegaba a la cintura. La piedra se quedó ahí flotando, haciéndose el muertito, escudriñando el oscuro cielo pringado de aviones volando bajo. Todo mojado y oliendo a drenaje la piedra caminó a su casa arrastrando los pies y durmió pesadamente una semana entera. Con el tiempo dejó el gimnasio. Los de los licuados no lo volvieron a ver jamás; el taquero, el tortero y hasta la seño de las quecas se volvieron sus confidentes. No hacía otra cosa que comer. La piedra creció y creció hasta alcanzar la circunferencia de una rueda gigantesca. Murió de indigestión y cálculos renales, rotundo y triste, sin derramar lágrima alguna.

en el camino

Octubre 7, 2009 Brenda Rios 1 Comentario

Una piedra en el camino me enseñó que mi destino era rodar.

J .A. Jiménez.

En las pequeñas porciones que  entregamos hay una intención cabal de integridad. Es una pena que no podamos ver las piezas unidas, ver qué es lo armónico, lo grotesco, lo florido que nos define. Dios. Dios está en las migas de la mesa, en el instante apresurado en quelos demás salen corriendo de la casa a seguir la vida. Yo la que era suelo rodar equívoca multívoca sin evocar nada/nadie y en la boca queda un gusto extraño de metal o de palabra o de país o de playa. Yo la que era suelo echarme en la piedras y esperar que el sol derrita las tantas alas consagradas, sublimes, huecas. Yo la que era no espero a nadie.

las pequeñas dosis

humans can
Endure the fullness of the gods only at times.

-Hölderlin

Es cierto que no soportaríamos la inmensidad. La vida la tomamos en pequeñas dosis porque si no como el poeta enloquecemos. La belleza o el amor, o ya estando en estas de plano dios están en las cosas pequeñas porque la totalidad sería insoportable. Al deseo, como al hambre y la ansiedad hay que alimentarlas. Te regalo esta piedra pulida que antes guardaba aquí en mi pecho. Tómala. Es poca cosa, pero te la regalo, pónla en un librero, en tu escritorio junto a los retratos del pasado. ¿Recuerdas a Tom Sawyer jugar a lanzar las piedras sobre el Mississippi? Así Huck y él se entregaron las almas para siempre. Las nubes se amalgamaron con el vapor de los barcos. Nunca envejecieron porque hicieron de la nada oro.

piedras y arena

Octubre 5, 2009 Brenda Rios 2 comentarios

Cada piedra es única. El sol se multiplica en cada una de ellas. Quien nace en el mar está condenado a la nostalgia. El mar que lleva y trae, el mar que cubre, el mar que siginifica. Por eso navegar es recordar y olvidar a la vez. Cada vez que nos situamos en la orilla está ahí, la idea de lo que no se comprende. La promesa de que algo será mejor en el futuro. El agua que se llevará lo peor, lo que no queremos ver de nuevo. Las aguas del Leteo. Y aquí estamos ahora, bebiendo la vida en pequeñas dosis, sin causarnos mayor daño salvo el constante, a cuentagotas, porque admitimos un día que estábamos a salvo de los demás siempre y cuando confiemos en la capacidad propia, en el talento personal de hacernos pedazos. Nos herimos las tantas piedras que nos constituyen, así demos una que otra vez destellos de generosidad cuando entregamos las bellas piedras pulidas que nos quedan, las piedras vivas piadosas que se salvan y quizá repartidas en otros sean la mejor versión de lo que no llegaremos a completar. Frente al agua que no pregunta, frente al agua que nos devuelve el martilleo en la lluvia, frente al agua inmarcesible somos una arena que se desvanece.

la playa de piedras

Octubre 2, 2009 Ernesto Priego 2 comentarios

Hay quien piensa que en todas las playas hay arena. Yo lo pensaba de niño. Pero arena y playa no siempre se arrejuntan. Hay orillas que aunque las olas del mar se batan furiosas contra ellas siglo tras siglo a lo más que se reducen es a piedras. Millones de ellas, pulidas, redondas, cada una distinta y sin embargo prácticamente idénticas. Hay cumbres, borrascosas por supuesto, donde no hay ni polvo ni gránulos de arena. El viento es feroz y aúlla con la angustia de la esclavitud enloquecida. Terrores tremendos ocultan las fortalezas que irreductibles se elevan frente al mar. El ritmo de las olas es constante, pero su martillar es diferente en cada playa.

las tormentas

Octubre 1, 2009 Brenda Rios 1 Comentario

La diferencia entre una tormenta de agua y una de arena es la densidad de su materia: tardamos más en sacudirnos la última. La arena se mete en los pliegues de la ropa y de los oídos, el escote, los zapatos. Es como tener un pedazo de la playa en el cuerpo e imaginamos la palmera allá arriba sacudiéndose como puede la arena del pelo, condenada en su sol y en su vista de postal.  Hay tormentas más pegadas al cuerpo, tormetas del espíritu que se atan desde la entidad invisible por lo que las hace las más difíciles de pronosticar, las más peligrosas porque nadie sabe cuánto duran y cuáles serán los daños. Sospecho que hay seres que pueden vivir una vida clasificable en la normalidad con una tormenta a cuestas, sospecho que están los que no toleran un ligero cambio climático en su interior, sospecho que cuesta vivir de cualquier forma. Sospecho que hay mundos allá donde todo pasa, mundos misteriosos y estimulantes, mundos que están en otra parte. La pasión vive en otra parte, tormentosa y atormentada, mirando de lejos cómo pasan de largo los transeúntes.

la pausa y el ritmo

Septiembre 30, 2009 Ernesto Priego 1 Comentario

A veces nos lleva la corriente. Nos arrasa como tormenta tropical, una isla que desaparece por completo cuando el tiempo se desata en furia. Cuando uno espera, deshidratado y con las ropas en gajos bajo la palmera y sobre la arena la terrible venida del huracán, se piensa en las cosas más pequeñas. Nos protegemos de las inclemencias con palabras. Qué cosas que del otro lado del mar “el tiempo” signifique el clima, y que al mismo tiempo el ídem nos importe un cacahuate. En la isla que se hunde un poco cada día todos hablan del clima todo el tiempo, pero nadie habla del ídem aunque sea éste el que realmente nos dicte la existencia. Relojes en todos lados, como los paraguas y los seguros de vida. En la tierra donde nací nadie carga paraguas y todo mundo corre cuando llueve, siempre nos toma por sorpresa aunque ya sepamos que pasará. En la tierra donde me escondo el paraguas es tan necesario como la cartera y se carga todo el año aunque se sepa que ese día no podrá llover. Pero las tormentas –de humo, de viento, de polvo, tropicales, antárticas– se ven de lejos y sin embargo no podemos evitarlas. Nos tragan como hoyo negro en lo profundo del espacio. Nos lleva la corriente y nos entorpece el ritmo, nos obliga a la pausa aunque vaya a millones de kilómetros por hora y veamos nuestras pocas posesiones volando por los aires.

la normalidad y el rumor

Septiembre 19, 2009 Brenda Rios 2 comentarios

En este lugar todos gritan. Es normal. Hay que hacerse notar. En los cafés se revelan los secretos de familia, en el microbús uno se entera de todo: de la gente que ya no es la misma, de las dificultades del capital, de las irresponsabilidades de los demás. Tantos relatos en tercera persona, en pasado y presente. El relato urbano de “me dijo, le dije, pero me dijo y entonces…” es verdadero: las palabras salen y no nos comunicamos, no hacemos contacto, no entramos en el otro. De fondo, la cumbia selecta del conductor o el organillero que no falta. Hay músicos en todas partes en este país dijo un extranjero regordete una tarde de sábado. En la cantina pudo escuchar desde su esquina a un trío cantando boleros, a un joven de rastas interpretando no a Marley -ah, los prejuicios- sino a música andina tradicional, y la rockola de adentro de la cantina. Las plazas públicas están llenas de gritos adolescentes, organillleros, lectores de la fortuna. En algún tiempo la gente iba a leer, a pensar, a encontrarse; de pronto hay dos o tres tercos que sacan a pasear sus libros y se enfrentan a los aplicadores de encuestas, a los pordioseros o a los vendedores ambulantes. La calle es un espacio para la invasión, las personas son posibles compradores  o conversos, una iglesia ambulante ayudando a todos. La privacidad -se sobreentiende- es para la sacralidad del hogar. En vacaciones el transeúnte se pagará unos días en la playa y ahí estarán: los vendedores, los músicos, queriendo a toda costa ser su música de fondo toda la vida. Detrás de todo la gente está sola, detrás de todo el aparato de rumor y de prisa.

Los poetas del silencio, cabe notar, no son capitalinos. Nocturno en donde nada se oye no se pudo haber escrito en metro Balderas.

el silencio

Septiembre 19, 2009 Ernesto Priego 1 Comentario

En esta ciudad la gente no habla a menos que sea estrictamente necesario. El turista y el inmigrante se reconocen porque hablamos fuerte; los locales se nos quedan viendo como si no entendiéramos que en esta atmósfera hablar es robarle el oxígeno al otro. Los commuters viajan pero no se comunican. Algunos se enajenan en sus pequeños aparatos, otros en periódicos prestados, otros más, los menos, parecen perdidos en la cárcel de sus propios pensamientos. Las miradas no se encuentran y por eso la voz, avergonzada, no se atreve a salir. La violencia se expresa en las miradas y en el ligero contacto de los cuerpos ajenos. El ruido es el enemigo de una civilidad reglamentada. El londinense promedio se despierta a las 6:04 AM, 44 minutos antes que el resto de la isla. A estas alturas del medio día ya estarán todos tan exhaustos que una sonrisa debe agotar toda la energía. En esta ciudad el silencio se guarda como se guardan los secretos, las riquezas y las emociones. Viajamos ensimismados, secretamente adorando la belleza silenciosa, multiplicada al infinito.